lunes, 26 de diciembre de 2011

ANIMA DEL TAGUAPIRE EN ORITUCO*


Carlos A. López Garcés
Cronista de Altagracia de Orituco
1.- Una vivencia juvenil
El río Guayas es límite entre los distritos Monagas y Urdaneta de los estados Guárico y Aragua, respectivamente. A la orilla de él, en territorio guariqueño y a un lado de la carretera que comunica de San Rafael de Orituco a Taguay, tiene vivienda don Agustín Sosa, a quien puede identificarse brevemente así: hombre humilde; ochentiséis años de edad (según confesión propia, aunque su hijo Ramón expone razones para concluir que deben de ser ochentidós u ochentitrés); aspecto fuerte; estatura mediana; cabeza pequeña; cabellos canosos; cutis tostado por el sol a pesar del uso frecuente de sombrero; ojos pequeños; bigote blanco, escaso y bien recortado; cauteloso; lleno de experiencias valiosas; conversador bueno y animado; jinete excelente y caminador de gran resistencia; padre y abuelo varias veces; trabajador de largas jornadas, honesto siempre y activo actualmente; agricultor y criador básicamente; creyente convencido, poseedor de fe infinita y de intuición excepcional; curandero acertador y ensalmista eficiente por empeños de otros; hospitalario; amigo de mucha gente hasta más allá de donde alcanza la imaginación… y tuvo la oportunidad de conocer y auxiliar al Anima del Taguapire, “personificada” en Rosendo Mendoza. El mismo señor Sosa contó emocionado el caso conocido por pocas personas. Esa es para él una vivencia juvenil inolvidable(1).
Don Agustín Sosa (1900-1998). Auxilió a Rosendo Mendoza y fue el primero en invocarlo como Ánima del Taguapire. Foto: Ramón Alberto “Beto” Mirabal Zapata, 1990.

2.- Un enfermo desconocido
De acuerdo con el dato impreciso de la edad del relatador, uno de los años comprendidos desde 1920 hasta 1924 transcurría también con apacibilidad aparente. El general Juan Vicente Gómez era el mandamás de Venezuela. Los quehaceres domésticos se cumplían rutinariamente con pocas variaciones. El período de sequía se había establecido con su inclemencia característica. Don Agustín tenía veinte años de existencia; vivía entonces en Las Guabinas (caserío del distrito Monagas, estado Guárico) cuando a las seis de la tarde, aproximadamente, de un día que el narrador no recuerda ahora con exactitud, a su casa se presentó un hombre desconocido para él; andaba a pie; era viejo, de figura muy delgada, estatura baja, piel oscura (“negro”), cabello ensortijado, etcétera; llegó con unos trapitos enrollados debajo del brazo. Era Rosendo Mendoza, quien residía en las montañas de El Criollo (sitio donde convergen los estados Aragua, Miranda y Guárico); de allí había salido muy afectado por una diarrea sintomática del llamado colerín. Rosendo Mendoza debió de confesar su nombre y procedencia a don Agustín, quien reveló así mismo esa información, confiado acaso de la honestidad de aquél.
El caminante insistía en seguir a pie; sin embargo, el señor Sosa lo convenció para que pernoctara en su casa esa noche, ante la peligrosidad del camino por la abundancia de tigres en la zona. Don Agustín decidió llevarlo hasta el hospital San Antonio de Altagracia de Orituco. Antes informó su decisión a don Juan Agustín Freites, a la sazón Comisario de El Pegón, lugar vecino a Las Guabinas; le solicitó que lo acompañara a trasladar al enfermo para evitarse complicaciones judiciales, pues preveía un desenlace fatal. Aquella autoridad acató la petición.
El paciente había empeorado al amanecer del día siguiente. Se alistaban para partir muy temprano, oscuro aún, con agua suficiente para todos. Aperaban los burros cuando supieron que Rosendo Mendoza no era jinete y se negaba a cabalgar en esos animales por temor a caerse (hecho extraño en un hombre de esa época, ¿o el temor lo motivaba la debilidad que sentía?). Don Agustín le pedía que se montara para viajar más cómodos, pero aquél se negaba porfiadamente, hasta que se convenció de lo razonable del pedimento.
Iniciaron la marcha cuando amaneció. Hicieron funcionar todas sus voluntades. Iban conscientes de la gravedad del caso. Eran las dos de la tarde, quizás. Habían andado más de ocho horas. Faltaban aproximadamente dos kilómetros y medio para llegar a San Rafael de Orituco cuando Rosendo Mendoza se agravó más; tanto que no pudo continuar. Pedía agua; ésta se les había agotado. Por esta razón los acompañantes decidieron acampar a la sombra de un taguapire, que era la única más cerca que encontraron en aquella vía desolada. Don Agustín Sosa resolvió inmediatamente buscar ayuda en San Rafael de Orituco. Juan Agustín Freites se quedó con el enfermo.
Natividad Arocha dio el auxilio demandado por don Agustín; juntos se encaminaron al sitio donde estaba Rosendo Mendoza. Este había fallecido cuando aquéllos llegaron. Al muerto lo prepararon y trasladaron al cementerio de San Rafael de Orituco. Allí lo velaron. Al día siguiente lo enterraron.
3.- Una reseña respetable
Don Leopoldo Olivares aseguró que todo ese asunto sucedió en 1918. Este fue el año de la gripe española; sin embargo, aclaró que éste no fue el mal conque murió Rosendo Mendoza. El informador conoció estos pormenores porque así se los comunicó su madre. El es habitante de San Rafael de Orituco; tiene sesentiocho años de edad; nació justamente en 1918. Su reseña es respetable, pues es investigador preocupado de crónicas orituqueñas. Se empeñó en buscar el acta de defunción de Rosendo Mendoza en el archivo de la Prefectura de San Rafael de Orituco, pero no la consiguió, lamentablemente; aún así su inquietud por el caso no cesa(2).
La fecha de aquel fallecimiento no ha sido esclarecida ni por testigos presenciales siquiera. La duda continúa. Sí se sabe que fue de tarde, porque “el sol se había cambiado hacia el poniente”.
4.- Un espacio para la devoción
La milagrosidad del “ánima” de Rosendo Mendoza comenzó y se difundió pronto. En el lugar donde falleció aquel paciente, bajo la sombra de un taguapire, colocaron una cruz pequeña de madera. Un montón de piedras de escasas dimensiones aumentaba lentamente; representaba la sumisión y reverencia de los creyentes, los cuales depositaban sus limosnas en un perolito puesto allí con esa finalidad. Así le manifestaban además el agradecimiento por los servicios realizados a un “ánima” que tuvo nombre antes de demostrar su “capacidad milagrosa”. Se le llamóAnima del Taguapire y tuvo celador desde el principio. Natividad Arocha fue el primer encargado de atender bien el sitio donde seres devotos asistían a pagar sus deudas a esa “ánima”; algunas personas lo mencionan como el “fundador” de ella.
Las dádivas eran generalmente monedas de poca cuantía (de acuerdo con la posibilidad económica de cada devoto), como acostumbraban expresar la gratitud a las “ánimas de los caminos”.
5.- El primer milagro
No ha sido posible aclarar cuando comenzaron los “milagros” de Rosendo Mendoza. No obstante, don Agustín Sosa explicó: eso fue al poco tiempo de morir aquél. El recordó que a los ocho días de ese suceso, por culpa de un perro majadero y muy ladrador, se soltó un burro suyo, el cual había amarrado en el patio de su casa, en Las Guabinas. La Tierra reseca le permitía seguir las huellas del animal ese mismo día. El seguimiento se facilitaba porque el asno había huido con un mecate largo atado al cuello, cuyo rastro estaba en el suelo polvoriento. Don Agustín llegó al Paso del Memo, en el sitio denominado Tuira, aproximadamente a catorce kilómetros de Las Guabinas. Allí divisó al burro reunido con un ganado ajeno. Los animales, sorprendidos, se internaron en la montaña. El rastreador, angustiado, temía la pérdida del suyo, que podía alejarse en dirección al oeste, hacia las montañas de El Chaparral, mucho más distante de donde estaba y de su residencia. El señor Sosa se quitó el sombrero en ese momento, se arrodilló completo y, con mucha fe, dijo en voz alta mirando al cielo: ¡Ánima del Taguapire, haz que mi burro aparezca! Don Agustín vio enseguida que el asno venía moviendo mucho las orejas, como lo hacen cuando buscan orientación. El peticionario, reconfortado, se quedó esperando; estuvo parado, estático, hasta cuando pudo agarrar fácilmente al burro con la mano. Después se supo que Rosendo Mendoza era “milagroso” y que su “ánima” tenía nombre: es el Ánima del Taguapire. Así la invocó don Agustín Sosa para pedirle la ayuda antes relatada. El señor Sosa se interesó posteriormente en encontrar algún familiar de Rosendo Mendoza; jamás lo logró.
6.- Dos testimonios interesantes
Juan Domingo Ledezma, un vecino setentón de San Rafael de Orituco, recordó recientemente: cierta vez, cuando venía solo de su conuco, miró a un hombrecito (después supo que era Rosendo Mendoza) que lo llamaba desesperadamente pidiéndole agua. Atendió al llamado; se convenció que era una persona diarreica quien lo requería. No pudo satisfacer el pedimento porque la de él se había agotado. Buscó por allí cerca, pero no halló. Así se lo informó al enfermo y se lamentó ante Dios por no auxiliarlo como merecía. El sediento respondió resignado que tal vez eso le convendría. Juan Domingo se enteró luego que el hombrecito murió ese día.
Doña Ernesta de Barrios, doña Leticia Betancourt (hoy fallecida) y su hija doña Asunción de Urbina (tiene actualmente ochentiocho años de edad) presenciaron igualmente aquel acontecimiento. Ellas buscaban una vaca andariega cuando encontraron al hombre moribundo; resolvieron ayudarlo; tuvieron tiempo para llevarle atol y agua, pero el enfermo alcanzó apenas a beber de lo segundo.
7.- Un oratorio remodelado
El árbol donde acampó Rosendo Mendoza desapareció. En ese sitio fabricaron una capilla pequeña; ahora la han reformado y ampliado; el 24 de julio retropróximo la inauguraron con actos religiosos, que incluyeron una peregrinación desde San Rafael de Orituco hasta ese oratorio recién remodelado. Este templo está ubicado aproximadamente a dos kilómetros y medio de San Rafael de Orituco, a un lado de la segunda curva de la carretera que conduce de ese pueblo a Taguay (vía San Juan de los Morros), conocida como la Curva del Anima del Taguapire. Personas devotas acuden allí a cumplir sus promesas. Llama la atención que la tumba de este difunto sólo la visitan ocasionalmente algunos seres piadosos; ahora está abandonada.
8.- Dos ánimas y un mismo nombre
Algunos confunden el “ánima” de Rosendo Mendoza con la de Francisca Duarte, pues ambas se llaman Anima del Taguapire. El primero tiene templo en Orituco, como quedó dicho; la segunda lo tiene en la vecindad de Santa María de Ipire. Nadie sabe exactamente quien fue Rosendo Mendoza. Próspero Infante contó poéticamente la vida de Pancha Duarte; a ella también le cantó José Antonio De Armas Chitty(3); y hasta una oración le han escrito, a diferencia del otro que no la tiene todavía, aunque hay quienes piensan redactarla.
Don Nicolás Olivares habló de la desinformación existente acerca de la identidad del Anima del Taguapire. Para él (al igual que para muchos) era Pancha Duarte; así lo creyó por largo tiempo, máxime cuando obtuvo la confirmación de un “médium”, según confesó. Don Nicolás es hermano de Leopoldo, antes mencionado; tiene sesentiseis años de edad; es nativo de San Rafael de Orituco donde reside; cronista preciso; conversador y escritor de palabra fácil, coherente y agradable; es uno de los recursos intelectuales del Orituco.
9.- Una creencia reciente
Las circunstancias dramáticas que caracterizaron la enfermedad, agonía y muerte de aquel hombre, desconocido y misterioso, influyeron quizás en el proceso de veneración popular del Ánima del Taguapire. El culto al “espíritu” de Rosendo Mendoza se ha incrementado en los últimos años. Muchas personas promueven actualmente esta adoración. Es un ejemplo de milagrería popularizada; sin intervención del Vaticano; sin juicios santificadores previos; pero fundamentada en la fe de los cultores, los cuales acuden a ella ante algún problema de difícil solución.
Hay una verdad entre todas las dudas que puedan surgir: la milagrosidad del Ánima del Taguapire es una creencia tradicional del Orituco de reciente formación.
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* Este trabajo fue publicado por primera vez en el Dario La Prensa, año II, Nº 748, San Juan de los Morros, sábado 16 de agosto de 1986, p. 7.
(1) Don Agustín Sosa falleció en Taguay, estado Aragua, el 12 de agosto de 1998, a los noventa y ocho años de edad, cuando aún conservaba una admirable lucidez.
(2) El señor Leopoldo Olivares murió en Altagracia de Orituco, el 28 de enero de 2003, cuando tenía ochenta y cuatro años de edad.
(3) Al momento de publicar este trabajo en 1986, el señor Salvador Ochoa, nativo de San Rafael de Orituco, ya había escrito un soneto titulado Ánima del Taguapire en febrero de 1974, el cual estuvo inédito hasta 1996, cuando fue publicado en el poemario Riberas del Orituco del mismo autor.

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